sábado, 28 de octubre de 2017

Aquel muchacho

FOTO: GERSON DÍAZ
Relato de ficción (ejercicio de clase).  


Hace apenas media hora que amaneció pero la niebla de la mañana, mezclada con el humo de las fábricas del gigante somnoliento, aún no deja ver el sol. La actividad en el puerto es frenética. Llegan los barquillos. Los marineros descargan ansiosos la pesca del día, deseosos de acercar unas monedas a casa y, sobre todo, de poder dormir unas horas. Cientos de gaviotas se apresuran para sacar partido furtivo del negocio y sus graznidos inundan la mañana. Todos están a lo suyo y también él. Hasta que la intuición le lleva a levantar la mirada y… Allí está. Sí. Es aquel muchacho. Una capucha oculta su rostro y su pelo, pero su andar es inconfundible. Se siente en deuda con aquel misterioso desconocido. En el deber de pagarle de alguna forma. Pero su sola visión le deja sin palabras. Paralizado. No acierta ni a emitir uno de esos silbidos propios del oficio. ¿Quién será?

El joven parece como que flotase al avanzar. Como si su naturaleza no fuera humana. En silencio se va alejando hasta que su presencia se dispersa entre oxidados contenedores, montones de redes malolientes y viejos pescadores pregonando vivamente su género. Él, en cambio, está como ido. Tanto que no se apercibe de que hay como una treintena de personas observándole en temeroso silencio. De repente, siente una bofetada refrescante de sucia agua portuaria, con resto de escamas y residuos sedosos de aceite de motor. Se despierta de golpe y también se desentumece. Como enloquecido, empieza a preguntar a todos aquellos curiosos y poco discretos desconocidos si alguno conocía a aquel joven de ropa oscura y capucha. ¿A qué joven? Le responden. Es evidente que, obnubilados con su estado, nadie había reparado en esa presencia tan importante para él. Así, elucubrando, empieza a contemplar la perturbante posibilidad de que el muchacho sólo fuera visible a sus ojos. ¿Será uno de esos casos que dicen en los que se te aparece tu ángel de la guarda y que lo hace con forma humana? Lejos de tranquilizarle la premisa, lo sobresalta aún más. Y si logro tenerle frente a frente, ¿qué le digo? ¿Gracias por salvarme? Hasta infantil le parece.


Durante los cuatro o cinco días siguientes a aquel encuentro volvió a verle. Siempre pasaba por aquel lugar donde él, por su trabajo, estaba sí o sí. Siempre igual. Con la misma ropa o similar y un pequeño saco de tela blanca y sucia en la mano izquierda. Fue aquella mañana y no otra, que decidió llamarle. Nadie mira excepto el joven. Todos están demasiado ocupados. Como las gaviotas. Llena los pulmones de aire y se dirige hacia el chico. Estando a unos dos metros, con los brazos abiertos como quien va a emprender el vuelo, empieza a gritarle sollozante y emocionado “¡Gracias, gracias, gracias…!” El joven, un subsahariano de unos 25 años, asustado e incrédulo ante la situación, apenas había podido aprender unas palabras del idioma local. Lo justo para buscar qué comer y dónde dormir cada día. Le dijo que le salvó la vida porque estaba convencido de que él habría hecho lo mismo si hubiera estado en su lugar. Sin concederse mérito alguno. Pero sin ese firme empujón habría muerto bajo las ruedas de aquel camión desbocado. Consciente de la oportunidad, el joven enigmático le preguntó si podía ayudarle, darle algo de dinero para comer ese día. Con el sustento resuelto para una semana y aún así le parecía miserable su pago, el joven se alejó disperso entre la gente. Con su capucha cubriéndole la cabeza, su andar como flotante y su mugrienta bolsa de tela en la mano. Nadie le miraba. Todos estaban muy ocupados en sus naderías cotidianas. Como las gaviotas. Ajenos a la posibilidad de que aquel muchacho también podría salvarles la vida, desinteresadamente, un día de esos.       



        

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