viernes, 15 de septiembre de 2017

Llega con la lluvia

El calor te vence por agotamiento. Cabizbajo e indolente, bajas los brazos ante los rigores de su pesadumbre. No puedes más. Tratas de acoplar tu cuerpo al tamaño de la única sombra que queda en el vacío rectangular de tu estancia y buscas el interruptor para apagar un rato el sol. Necesitas el cobijo de la oscuridad porque esperas de ella el frescor de una ligera brisa, aromatizada quizás con salitre, con perfume de jazmín moruno o con el dulzor de la dama de noche. En la guarda de esa refrescante negritud, sientes las primeras gotas de lluvia. Se precipitan a cámara lenta y revientan en el polvo del suelo. Lluvia interior, reparadora y analgésica del dolor existencial. Gotas ligeramente saladas como las lágrimas y el sudor, que se precipitan sobre tu hastío y dejan en tu alma el delicioso aroma de la tierra mojada. 

Lluvia interior que llega cuando casi morías de sed. Que te hace reverdecer cuando todo afuera amarillea y cae. Que golpea tu piel y tus sentidos. Que moja tu pelo y sus pensamientos. Que te marca cuando aparece, el momento de iniciar el camino. Y te lo recordará cada vez que la veas caer a través de tu ventana. Cuando oigas golpear las gotas en tu tejado. Recordarás su sabor, ligeramente salado, como las lágrimas y el sudor, y te morirás de ganas por salir afuera a exponerte. Con la frente alta, los ojos cerrados y los brazos en cruz. Llueve intensamente en la noche. Arropado por el silencio. Observado por las luces y los reflejos en los charcos, dejas que resbale por tu cara para poder así volver a saborearla. Pero te llevas una decepción. Sólo las gotas de la lluvia interior tienen ese sabor inconfundible. Ese gusto casi adictivo. Siempre lo olvidas y siempre te lo tienen que recordar las tormentas del final del verano.

Qué sería de nosotros sin esas efímeras borrascas estivales… Vienen para recordarnos que nos hemos quedado dormidos. Nos refrescan. Nos sacuden. Nos traen aromas y sensaciones de cuando estábamos vivos y nos resucitan de nuestra acolchada quietud. Nos conectan con nuestro niño interior y nos muestran la ruta hacia el país de Nunca Jamás. Cuando llegan las lluvias sales de la piel de ese ser gris y correcto en que te has convertido y reaprendes a volar. Cuando llega la lluvia vuelves a creer en los cuentos y quieres vivir aventuras. Te dejas olvidado el paraguas, no te importa despeinarte ni te atrae el confort apolillado del sillón y la televisión es una limitación geométrica a tu fantasía. 

Sólo cuando llegan las lluvias dentro de ti, las gotas ligeramente saladas como las lágrimas y el sudor disuelven esa costra plomiza que recubre tu existencia y te devuelven el color y la sonrisa. Bautismo interior. Baño de purificación. Cuando llegan las lluvias, tu alma despliega sus alas y emprende el vuelo. Majestuosa. Libre. Como en un viaje astral, se pasea y contempla a vista de pájaro tus momentos felices. Te retrotrae a ellos, a sus sensaciones, sus sabores, sus aromas; y te invita a vivir otros iguales o mejores. Cuando llegue de nuevo la lluvia baila con los ojos cerrados, salta en los charcos y ríete como si no hubiera un mañana.

Artículo para la revista Nu2 

No hay comentarios:

Publicar un comentario