martes, 13 de junio de 2017

Tiempo perdido

            Acerco el ojo a la cerradura de mi memoria y veo flotando en nebulosa, luminiscentes, muchos de esos momentos plácidos y gratos que hoy podrían considerarse infrautilizados. Desaprovechados. Tantos instantes de quietud, de silencio, de paz, que se muestran en forma de sonrisa, de miradas perdidas, de ‘enmimismamiento’. Tiempo indefinido que uno pasa como flotando dentro de una pompa de jabón. Despreocupado de cuánto durará o de qué ocurrirá cuando explote, porque en ese estado no existe el cuándo. Uno surca las olas del viento reflexionando, fantaseando. En soledad o bien solo pero en presencia de otros. Tiempo disfrutado. Tiempo incomprendido. Incuantificable. Tiempo improductivo. ¿En realidad lo es? No. Para nada. Sólo en el diccionario de plástico de la socialización mal entendida. Sólo en el manual del buen esclavo, cuya vida sólo es útil si lo es para el beneficio de otros. En ese artificio de hábitat de gris hormigón y grafiti, frío y hostil, el ser humano se desprendió de buena parte de su humanidad para dejarla incrustada en el asfalto y en el cemento. Y de sus grietas nunca más crecieron ni siquiera jaramagos. 
           
            En esa gran estafa de la entrega debida, sólo hallaron infelicidad. Miraban a través del ojo de la cerradura de su yo interior, de su memoria, y sólo había oscuridad. Un abismo vacío como las profundidades del océano. La humanidad se construye con ladrillos de sensaciones, de recuerdos, de felicidad interior. De felicidad individual. La humanidad del ser, de cada ser, se construye de adentro hacia afuera. Con esas pompas de jabón en las que flotamos cuando somos felices. Cuando sentimos el alma en elevación. Cuando el mundo se mueve a cámara lenta a nuestro alrededor. Cuando sonreímos sin mirar a ningún lugar en concreto. Cuando… Cuando no hay cuando. Esas pompas de jabón que en la perspectiva de la mirada desde el exterior aparecen luminiscentes como el plancton en las noches de verano. Esos fulgores son en realidad los ladrillos con los que construimos nuestro ser. Y sólo si empleas el material de fabricación correcto, puedes crecer como persona. Creces como un ser feliz en ti mismo. Como un ser que irradia luz. Que es consciente de su realidad y de su esencia. De que su felicidad no está atada a entidades materiales. Es feliz porque es, no porque tiene. No envidia. No Juzga. No critica. Vive. Ama. Sonríe. Disfruta. No se siente en deuda porque ha entendido que la felicidad no se entrega sino que se comparte. Y, como la candela de las velas, aumenta su luz cuanto más repartida está.  
           
            Cuando haces ese ejercicio de introspección, cuando miras hacia dentro de ti a través de esa cerradura descubres o acaso recuperas tu medida del tiempo. Ésa que mide sólo tu tiempo, que es personal e intransferible. Es como la llave que te permite ser feliz. La que abrirá el candado que te amarra a la utilidad del tiempo y te permitirá liberarte a su disfrute. De ese mismo tiempo. El que sí recordarás con la sonrisa boba y la mente dispersa. El que realmente te vale la pena. Porque del restante, sólo el dolor perdura. Y ése sí querrás borrarlo o mantenerlo cerrado bajo llave, sólo disponible para consultar y no repetir. Cuando encuentres esa llave entenderás que no sirve de nada, que es incluso una estupidez, dejar pasar momentos de felicidad porque no tienes tiempo. Privándote de felicidad sólo construyes vacío. Sólo oscuridad en tu memoria. Además, ¿en qué inviertes luego todos esos segundos, minutos…, horas, que has ahorrado? ¿En una felicidad de decorado? Los momentos felices no se construyen. Se viven.

Luis Miguel Coloma
(Nu2 jun 2017)
             


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