lunes, 25 de mayo de 2015

Cortijo de Manguia



La primera parada fue la mareta del Cortijo de Manguia. El topónimo Manguia nombra uno de los valles que de manera paralela se suceden en la parte Norte de la isla entre los núcleos urbanos de Teguise y Los Valles, característica orográfica que da nombre a todo esa comarca. Dentro del valle de Manguia hay otros topónimos secundarios que llevan su nombre: un barranco y un lomo, además del citado Cortijo de Manguia. 





Hay en este valle una construcción actualmente en estado ruinoso y que fue el punto álgido de la caminata en su parte rural. “De sus restos -explicó la profesora Morales- se puede obtener mucha información sobre cómo fue cuando estaba en uso. De los diferentes materiales, piedra del lugar en la mayor parte del conjunto y canto rojo de la cantera de Tinamala en una de sus estancias se deduce que se fue ampliando en distintos momentos. De su orientación, en ‘L’ con el interior mirando al Sur, que necesitaba protegerse del viento alisio reinante”.


“También podrían extraerse conclusiones, incluso una datación aproximada, del grosor de los muros, del mortero empleado, de la existencia de madera y de su uso como soporte en puertas y pequeños ventanucos…”, añadió Morales en su explicación. 



Otros aspectos que subrayó la profesora fueron “el extraordinario sentido común aplicado en la arquitectura tradicional y popular lanzaroteña, que sí existe al contrario de lo que sostienen diversos historiadores. Una forma de construir que pasó de padres a hijos, a nietos, etcétera, que denominamos vernácula porque se adapta al entorno y al clima aprovechando al máximo sus recursos y evitando sus inconvenientes. 



Una arquitectura perfectamente integrada en el paisaje porque está construida con sus mismos materiales, y que es biodegradable por el mismo motivo”. 




A pesar de que estaban construidas con materiales muy básicos como hierba seca o pelo de animales mezclado con barro para el mortero, piedras irregulares y cal para aislar de la humedad y del calor, la robustez de sus muros ha permitido que muchas de estas edificaciones hayan permanecido en pie –aunque la mayoría en estado ruinoso- hasta nuestros días. 


“Casas con más de 200 años de media que conforman un legado histórico y patrimonial para la isla porque revelan, -como explicó María José Morales- mucha información sobre cómo era la vida en Lanzarote en aquellos años” (finales del siglo XVIII o principios del XIX). 














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