sábado, 23 de junio de 2012

La errática curvatura del tiempo

Velocidad… Tiempo… Dos magnitudes, dos parámetros que el género humano se ha ofuscado en controlar y hasta superar especialmente en los últimos ciento y pico años. Sin embargo, ahí está la realidad para recordarnos de vez en cuando lo insignificantes que somos ante la naturaleza. Creemos que progresamos, pero apenas avanzamos torpemente cargados por el descomunal peso de nuestro ego. Como si un bebé tratase de llevar a gatas sobre su frágil espaldita una cabina de teléfono llena de piedras. Tenemos metido en la sangre el veneno de la competitividad y realmente nos ha contaminado.

Creemos que ser mejor significa llegar lo más alto posible en el menor tiempo, y eso está bien en el deporte, pero en la vida real conlleva las más de las veces pasar por arriba de los demás. Considerar enemigos a tus rivales, cuando tan sólo son personas como tú que tienen las mismas aspiraciones. Esas ansias de poder corrompen y destruyen como el ácido sulfúrico. Vuelve a la gente prepotente y altiva. Peligrosa. Si te paras un poco y miras a tu alrededor, observarás que la mayoría de las cosas malas que ocurren tienen en su origen, en mayor o menor medida, el ego, el poder…, la mezquindad humana.

Por esclarecer un poco, pongamos que hablo de Europa y de la puñetera crisis que llevamos varios años sufriendo y que, por culpa de algunos impresentables, parece que queda para largo. Se habla de una Unión Europea a dos velocidades y parece que se estuvieran refiriendo a una máquina industrial de engranajes. Sin embargo, en este contexto velocidad significa poder y control. Significa preponderancia y dominio de uno sobre otros. Sobre todos. Más riqueza para quienes ya están saturados, y más ruina para los que ya están arruinados. Nos miran por encima del hombro y nos imponen más y más restricciones. Los muy imbéciles no se dan cuenta de que cuando sean la potencia única del continente no tendrán a nadie que pueda comprarles las cosas que fabriquen y vendan.

Van tan rápidos que han adelantado al que pinta la línea de meta, al que lleva el cronómetro y a los que sujetan la cinta. Obviamente, no habrá nadie para aplaudirles… ¿Qué sentido tiene?  Pues que no les basta con ganar. También quieren humillar, aplastar a los otros que corren. Porque no somos ni rivales, puesto que no buscamos el mismo objetivo que ellos. En el trasfondo de esta carrera absurda, el ego. Y tan estúpida es que mientras unos corremos hacia delante, el rival prepotente a quien ya seguro todos le habrán puesto cara, nombre y apellido, sale despedido hacia arriba como un misil transoceánico. O sea, demencial…

Y claro, el tiempo es a la velocidad como la otra cara de la misma moneda. Y retomando la diferencia cada vez más grande entre uno y los demás estados de la Europa unida, que hasta resulta sarcástico eso de ‘unida’…, el tiempo se traduce en una sensación: la angustia. Lento, muy lento, para quienes tienen la sartén por el mango. Y vertiginosamente rápida, cuando hablamos de las necesidades de la gente sencilla, los ciudadanos. Porque desde 2009 ya he perdido la cuenta de las cumbres de jefes de gobierno, de ministros de economía, del G-20, del FMI y de la madre que los parió a todos. Porque desde que la anuncian hasta que la celebran han cerrado cientos de empresas y miles de personas se han quedado sin empleo. Porque mientras se están desarrollando, los especuladores se frotan las manos. Los ‘cumbrosos’ mandatarios hablan y hablan y no resuelven nada, pero desayunan, comen, cenan y duermen de lujo. Y cuando acaban todo sigue igual, cuando no peor. ¿Cuánto nos cuesta todo eso?

En todo ese tiempo, los ciudadanos percibimos el paso de los días del mismo modo que  ve alargarse los minutos el que se está asfixiando y espera la ambulancia. Con esa ansiedad y esa angustia. Porque así y sólo así lo percibe el autónomo al que no le paga las facturas la administración, o el pequeño empresario al que no le llega el crédito y cierra cada día la persiana metálica preguntándose si podrá volver a abrirla al día siguiente. Y el trabajador que se va a la cama cada noche como un día más que ha tenido la suerte de trabajar, pero sin saber si mañana le darán los buenos días por escrito, junto con la carta de despido, el anuncio de ERE, o cualquier otra fórmula. Total, ¿será por fórmulas…? Si cada día es más fácil y más barato. Porque nos han dicho y quieren convencernos de que se avanza caminando hacia atrás.

De ahí la sensación de que el tiempo describe una curva errática y caprichosa. Como teledirigida por un borracho. El progreso, en el formato que lo hemos entendido en el Primer Mundo, nos lleva irremisiblemente a una nueva edad media. El que corre va tan deprisa que se ha olvidado de hacia dónde va y hasta de por qué corre. Y todos los demás estamos sentados en el suelo tan desconcertados que no podemos ni levantarnos. Y si lo lográsemos, igual no sabríamos ni en qué dirección caminar. Como decía…, demencial.   

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