viernes, 22 de septiembre de 2017

Cuidado con el odio

Hemos tenido un final de verano caliente y es triste pero no hablo del termómetro sino que me refiero al comportamiento de nuestra sociedad. Tras las lamentables acciones terroristas sufridas en Barcelona y Cambrils, es inevitable recordar la barbarie del 11 de marzo de 2004 en Madrid y volver a sentir rechazo hacia todo lo que significa yihadismo. Desde aquel asesinato masivo han sido muchas las barbaridades cometidas por descerebrados en el nombre de Alá, que sembraron el pánico en Alemania, Francia, Reino Unido, Bélgica, Suecia y Turquía, aumentando la rabia y la desolación en la gente.
Junto a estos sentimientos, muy legítimos, se mueve subrepticiamente el odio. Precisamente, el mismo sentimiento que ha generado semejantes atrocidades. Es razonable la rabia hacia quienes han causado dolor y muerte. Y también a quienes les sostienen ideológica y económicamente. Pero es triste y peligroso, que ese odio se desborde y envenene a la sociedad poniéndonos a unos contra otros. Si esto ocurre, quienes matan y siembran el terror habrán ganado.

El caso es que esto sí se ha producido. Ha habido brotes de islamofobia. Si han sido aislados, importantes, anecdóticos, preocupantes, o generalizados…, habrá que analizar el fenómeno con la perspectiva del tiempo, pero el resultado siempre estará sujeto a lo que cada uno consideremos como normal o deseable. En mi caso, por convicción democrática y mi defensa de la pluralidad, el ideal es cero. Pero es una realidad. Existe y no se puede mirar para otro lado. Sólo invitar a la reflexión a quienes caen en estas reacciones y las hacen extensivas a todo el Islam. Y es que quienes quieren implantar esta versión ‘brutomedieval’ de dicha confesión son los que más daño le están haciendo al Islam y a quienes viven esa fe en paz, que es eso lo que predica. Quienes les financian, lógicos defensores del poder autoritario. Y quienes predican y expanden el odio, nazis, fascistas, etcétera, se convierten en sus necesarios colaboradores en la destrucción de la convivencia plural y pacífica que nos hemos procurado. Un conflicto religioso en pleno siglo XXI es sencilla y tristemente demencial.     
Luis Miguel Coloma
Para JABLE
     
  



viernes, 15 de septiembre de 2017

Llega con la lluvia

El calor te vence por agotamiento. Cabizbajo e indolente, bajas los brazos ante los rigores de su pesadumbre. No puedes más. Tratas de acoplar tu cuerpo al tamaño de la única sombra que queda en el vacío rectangular de tu estancia y buscas el interruptor para apagar un rato el sol. Necesitas el cobijo de la oscuridad porque esperas de ella el frescor de una ligera brisa, aromatizada quizás con salitre, con perfume de jazmín moruno o con el dulzor de la dama de noche. En la guarda de esa refrescante negritud, sientes las primeras gotas de lluvia. Se precipitan a cámara lenta y revientan en el polvo del suelo. Lluvia interior, reparadora y analgésica del dolor existencial. Gotas ligeramente saladas como las lágrimas y el sudor, que se precipitan sobre tu hastío y dejan en tu alma el delicioso aroma de la tierra mojada. 

Lluvia interior que llega cuando casi morías de sed. Que te hace reverdecer cuando todo afuera amarillea y cae. Que golpea tu piel y tus sentidos. Que moja tu pelo y sus pensamientos. Que te marca cuando aparece, el momento de iniciar el camino. Y te lo recordará cada vez que la veas caer a través de tu ventana. Cuando oigas golpear las gotas en tu tejado. Recordarás su sabor, ligeramente salado, como las lágrimas y el sudor, y te morirás de ganas por salir afuera a exponerte. Con la frente alta, los ojos cerrados y los brazos en cruz. Llueve intensamente en la noche. Arropado por el silencio. Observado por las luces y los reflejos en los charcos, dejas que resbale por tu cara para poder así volver a saborearla. Pero te llevas una decepción. Sólo las gotas de la lluvia interior tienen ese sabor inconfundible. Ese gusto casi adictivo. Siempre lo olvidas y siempre te lo tienen que recordar las tormentas del final del verano.

Qué sería de nosotros sin esas efímeras borrascas estivales… Vienen para recordarnos que nos hemos quedado dormidos. Nos refrescan. Nos sacuden. Nos traen aromas y sensaciones de cuando estábamos vivos y nos resucitan de nuestra acolchada quietud. Nos conectan con nuestro niño interior y nos muestran la ruta hacia el país de Nunca Jamás. Cuando llegan las lluvias sales de la piel de ese ser gris y correcto en que te has convertido y reaprendes a volar. Cuando llega la lluvia vuelves a creer en los cuentos y quieres vivir aventuras. Te dejas olvidado el paraguas, no te importa despeinarte ni te atrae el confort apolillado del sillón y la televisión es una limitación geométrica a tu fantasía. 

Sólo cuando llegan las lluvias dentro de ti, las gotas ligeramente saladas como las lágrimas y el sudor disuelven esa costra plomiza que recubre tu existencia y te devuelven el color y la sonrisa. Bautismo interior. Baño de purificación. Cuando llegan las lluvias, tu alma despliega sus alas y emprende el vuelo. Majestuosa. Libre. Como en un viaje astral, se pasea y contempla a vista de pájaro tus momentos felices. Te retrotrae a ellos, a sus sensaciones, sus sabores, sus aromas; y te invita a vivir otros iguales o mejores. Cuando llegue de nuevo la lluvia baila con los ojos cerrados, salta en los charcos y ríete como si no hubiera un mañana.

Artículo para la revista Nu2 

domingo, 3 de septiembre de 2017

Sevilla, un sorprendente martes de agosto










































































































 Y, puestos a fotografiar patrimonio histórico... ¡Miren la foto de abajo! Me hizo una ilusión ver que todavía existen...