sábado, 18 de noviembre de 2017

Recordando... Tenésar, Lanzarote, un lugar con alma


Tenésar es, posiblemente, el lugar más recóndito de Lanzarote. Las olas desafían su existencia reventando contra su orilla agreste y el salitre de su espuma va devorando sus casas poco a poco. Es un lugar mágico. Tiene algo... Por eso el mar quiere recuperarlo.
En el camino, Caldera Blanca te mira de reojo y sonríe. Sus casas aguantan el blanco como pueden. La ceniza volcánica sostiene los pasos de la soledad, que abarrota sus calles angostas... Tenésar está presa en un reloj de arena.
Es la hora. Las sillas se apostan solas en el porche para contemplar las olas que vendrán y charlan entre ellas en silencio.  
La dureza de sus inviernos ha quedado marcada en los rostros acartonados de sus puertas y ventanas. La lava parece aguardar el momento más inesperado para despertar y pasar del negro retorcido pero inerte de las coladas que forman su costa al rojo agresivo y humeante que un día, hace muchos años, la creó. El viento es el único testigo vivo que queda. Pregúntenle. 














Muy importante ir en buena compañía. La segunda vez que fui a Tenésar, me llevé a mi amiga Shaila y los dos recordamos este día con mucho cariño.












Y la última vez que estuve fui con mi amiga María José y su ahora marido, Manuel





sábado, 28 de octubre de 2017

No. No estoy perdida

FOTO: Vivian Maier



     ¡Hola chica!
     Hola.
     ¿Estás bien?
     Más o menos…
     ¿Te has perdido?
     No
     ¿Dónde están tus padres?
     Están muertos.
     Vaya, lo siento…
     Sí. Fueron a atracar ese banco de ahí enfrente  y la Policía les disparó. Están los dos muertos. Tirados en el suelo. Ahí mismo.
     ¿Y qué vas a hacer?
     Me dijeron que esperara aquí. Así que seguiré esperando.

Ejercicio de clase (Micro relato de ficción: diálogo sin contexto)




Como sombra sobre negro

Temía la noche pero le aterraba la luz inmisericorde de la mañana. Daba igual de qué hotel, de qué ciudad. Taladraba las cortinas de la habitación como balas de Kalashnikov, perforando su piel en un doloroso ataque de realidad. Casi sonámbula, arrastra su cuerpo por el pasillo. Carga con el relato brutal que sus fantasmas le susurran al oído cada noche.
Los monstruos de su lado racional no le dan respiro. Siente cómo sus ojos se le clavan. Cómo gritan dentro de su cabeza. Le muestran la mujer materialista y autoritaria en la que se ha convertido, muy alejada de la creía ser y quiere proyectar. Como en un cuento siniestro, oye carcajadas que le dicen que no es la más guapa del reino y que su final está cerca.
Así, cada mañana se siente disuelta en insignificancia. Ni siquiera rota. Ya no se ve reflejada en los espejos. A su paso, sólo oscuridad. Por eso ha tomado una decisión. Plantará cara a sus fantasmas, a sus monstruos, a esas voces que la atormentan. No hay paso atrás. Y fue cuando saltó al otro lado que se dio cuenta de que había perdido la partida definitivamente. Quedarse con ellos para siempre es demasiado tiempo.   

                                                                                     Relato de ficción (ejercicio de clase).  



Aquel muchacho

FOTO: GERSON DÍAZ
Relato de ficción (ejercicio de clase).  


Hace apenas media hora que amaneció pero la niebla de la mañana, mezclada con el humo de las fábricas del gigante somnoliento, aún no deja ver el sol. La actividad en el puerto es frenética. Llegan los barquillos. Los marineros descargan ansiosos la pesca del día, deseosos de acercar unas monedas a casa y, sobre todo, de poder dormir unas horas. Cientos de gaviotas se apresuran para sacar partido furtivo del negocio y sus graznidos inundan la mañana. Todos están a lo suyo y también él. Hasta que la intuición le lleva a levantar la mirada y… Allí está. Sí. Es aquel muchacho. Una capucha oculta su rostro y su pelo, pero su andar es inconfundible. Se siente en deuda con aquel misterioso desconocido. En el deber de pagarle de alguna forma. Pero su sola visión le deja sin palabras. Paralizado. No acierta ni a emitir uno de esos silbidos propios del oficio. ¿Quién será?

El joven parece como que flotase al avanzar. Como si su naturaleza no fuera humana. En silencio se va alejando hasta que su presencia se dispersa entre oxidados contenedores, montones de redes malolientes y viejos pescadores pregonando vivamente su género. Él, en cambio, está como ido. Tanto que no se apercibe de que hay como una treintena de personas observándole en temeroso silencio. De repente, siente una bofetada refrescante de sucia agua portuaria, con resto de escamas y residuos sedosos de aceite de motor. Se despierta de golpe y también se desentumece. Como enloquecido, empieza a preguntar a todos aquellos curiosos y poco discretos desconocidos si alguno conocía a aquel joven de ropa oscura y capucha. ¿A qué joven? Le responden. Es evidente que, obnubilados con su estado, nadie había reparado en esa presencia tan importante para él. Así, elucubrando, empieza a contemplar la perturbante posibilidad de que el muchacho sólo fuera visible a sus ojos. ¿Será uno de esos casos que dicen en los que se te aparece tu ángel de la guarda y que lo hace con forma humana? Lejos de tranquilizarle la premisa, lo sobresalta aún más. Y si logro tenerle frente a frente, ¿qué le digo? ¿Gracias por salvarme? Hasta infantil le parece.


Durante los cuatro o cinco días siguientes a aquel encuentro volvió a verle. Siempre pasaba por aquel lugar donde él, por su trabajo, estaba sí o sí. Siempre igual. Con la misma ropa o similar y un pequeño saco de tela blanca y sucia en la mano izquierda. Fue aquella mañana y no otra, que decidió llamarle. Nadie mira excepto el joven. Todos están demasiado ocupados. Como las gaviotas. Llena los pulmones de aire y se dirige hacia el chico. Estando a unos dos metros, con los brazos abiertos como quien va a emprender el vuelo, empieza a gritarle sollozante y emocionado “¡Gracias, gracias, gracias…!” El joven, un subsahariano de unos 25 años, asustado e incrédulo ante la situación, apenas había podido aprender unas palabras del idioma local. Lo justo para buscar qué comer y dónde dormir cada día. Le dijo que le salvó la vida porque estaba convencido de que él habría hecho lo mismo si hubiera estado en su lugar. Sin concederse mérito alguno. Pero sin ese firme empujón habría muerto bajo las ruedas de aquel camión desbocado. Consciente de la oportunidad, el joven enigmático le preguntó si podía ayudarle, darle algo de dinero para comer ese día. Con el sustento resuelto para una semana y aún así le parecía miserable su pago, el joven se alejó disperso entre la gente. Con su capucha cubriéndole la cabeza, su andar como flotante y su mugrienta bolsa de tela en la mano. Nadie le miraba. Todos estaban muy ocupados en sus naderías cotidianas. Como las gaviotas. Ajenos a la posibilidad de que aquel muchacho también podría salvarles la vida, desinteresadamente, un día de esos.       



        

martes, 3 de octubre de 2017

Cádiz, belleza cotidiana

                                                                                                   


Atardecer en La Caleta 




Castillo de Santa Catalina

Una ventana de El Mentidero

Parque Genovés
Garita de piedra ostionera, una de las muchas que hay en Cádiz